Sábado, 23 Junio 2018
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La altivez del ser humano

La altivez del ser humano Destacado

“El malo, por la altive z de su rostro, no busca a Dios; no hay Dios en ninguno de sus pensamientos ... Levántate oh Jehová Dios, alza tu mano; no te olvides de los pobres ... El deseo de los humildes, oíste, oh Jehová; tú dispones su corazón, y haces atento tu oído”. Salmo 10: 4,12, 17

Son sólo cinco palabras, pero ellas llenaron las ilusiones de miles de hombres inteligentes de Europa, y despertaron rosadas esperanzas para la humanidad. Son las palabras claves del Iluminismo, ese gran movimiento intellectual y filosófico del Renacimiento: razón, naturaleza, felicidad, progreso y libertad. Ellos creyeron que la sola razón del hombre, investigando la naturaleza, descubriría todas las cosas necesarias para asegurar la felicidad, el progreso y la libertad del ser humano. Llevados de su orgullo, aquellos pensadores, discípulos de Voltaire, se desentendieron de Dios, y le dijeron: “Déjanos solos. Tú ya no tienes nada que hacer en la tierra. Nosotros vamos a arreglar todas las cosas”.

El resultado de esta actitud ha sido, la desesperación, el caos, la violencia y la ruina moral. La sola razón del hombre, desligada de Dios, no ha servido nara nada como no sea para hundir a la humanidad en la incredulidad.

El Salmo 10 estudia los problemas de la mente y del corazón humano y dice: “El malo, por la altivez de su rostro, no busca a Dios; no hay Dios en ninguno de sus pensamientos”. No quiero decir que Voltaire, Condorcet, Russeau, eran hombres malos. Posiblemente eran bien intencionados y deseaban lo mejor. Su error consistió en la altivez de su rostro, y embriagados de su saber, se dejaron arrastrar por su inteligencia. Vivieron en una época cuando la iglesia y la religión estaban corrompidas, es cierto, y eso contribuyó a su escepticismo, pero también es cierto que la altivez del individuo humano lo conduce, si no se humilla, a desentenderse   de Dios.

Volvamos a mirar las palabras de este salmo, para llegar a “la altivez del rostro” no se necesita tampoco ser un filósofo. Cualquier hombre de la calle, que se cree fuerte, y suficiente de sí mismo, se olvida de Dios, y lo echa de sus pensamientos. Nunca se acerca al templo para escuchar la predicación, ni lee la Biblia, en busca de luz y verdad. Nunca se arrodilla para suplicar la bendición de Dios, y reconocer que es pecador y si le hablan de arrepentirse, se burla o se enoja.

¿Cuál es el resultado final de esta actitud personal? Lo mismo   la desesperación, el caos mental, la violencia y la ruina personal. ¡Cómo necesitamos arrepentirnos de todo corazón, y decirle a Cristo, Señor, perdona mi orgullo, te necesito!

ORACION: Señor, Dios grande y altísimo, te ruego perdones mi orgullo y mi vanidad. Por favor, Señor, ayúdame a desechar toda altivez. Enséñame a vivir una vida sencilla con mi prójimo, con todos los seres humanos, y contigo Señor...

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