Domingo, 22 Octubre 2017
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Los misterios de los cielos

Los misterios de los cielos Destacado

Los astrónomos modernos están encandilados. Cuando examinan la inmensidad del espacio con sus telescopios cada vez más potentes se asombran de dos cosas. Primero, de la maravillosa simpleza y armonía que encuentran en las leyes de los astros. ¡Qué diferencia con éste planeta tierra y la humanidad que está sobre él! Aquí todo es confusión. Allá arriba a miles y millones de años luz de distancia, todo es canto, poesía, luz y leyes que funcionan con perfección matemática. Pero segundo, los astrónomos se quedan pasmados ante ciertos misterios que no alcanzan aún a resolver. Los quasares y los pulsares, esos núcleos de energía algo más que estrellas, que emiten ondas de radio de extraordinaria potencia, y los agujeros negros, el más obsesionante de los misterios de los cielos, les quitan el sueño. ¿Cuándo y cómo resolverán tantos misterios? se preguntan patéticos los astrónomos.

Tres mil años atrás había un hombre soñador y poeta que contemplaba también los cielos. Miraba la belleza y armonía de las constelaciones y se extasiaba con el cielo nocturno. Entonces tomaba el arpa pastoril, e improvisaba un poema dirigido a Dios, y cantaba: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?”. Este hombre era David, pastor, salmista y rey, y estas palabras están en éste Salmo hermoso.

Dos cosas surgen nítidas aquí, de este poema. Primero, la grandeza de Dios en la cual cree David. El reconoce que todo el universo tiene un Creador, y ese Creador es grande, majestuoso y digno de ser adorado. Segundo, la pequeñez y humildad del hombre. El hombre es una plantita débil que apenas crece un milímetro sobre la tierra. No puede resistir el golpe del rayo, ni el embate de la tempestad, ni el fragor del terremoto, y cualquier enfermedad lo mata. Sin embargo, esa creación dilecta de Dios, tiene alguna grandeza. Refiriéndose al hombre dice David: “Le has hecho poco menor que los ángeles. Y lo coronaste de gloria y de honra”. Y comparando la grandeza de los cielos, y la gloria dada al hombre, termina el poema diciendo: “¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!”.

Dios es grande, amigo mío, y a pesar de ello se hizo HOMBRE en la persona de Cristo. Y como Hombre, se dejó crucificar en lugar de los pecadores, para ofrecer a todos la grandeza de la vida eterna y la gloria del cielo.

ORACION. Señor, me asombra Tu grandeza. Eres maravilloso. ¡Cuán grande es Tu Nombre en toda la tierra! Me asombra que te ocuparás de nosotros, los seres humanos. Siendo tan grande, tomaste cuidado de cada uno de nosotros. ¡Gloria a Tu Nombre, Señor!...

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